
I – Infancia
(fragmento)
Mokososon-so abusô choripani-chimichuri. ¡Maremoto! Kagamucho, muchomuchi. ¡Kê chinche! Me Ise enShima.
Kalma-kalma, nonalarma: en Kasakuna mukama kita jin i-kita short, enhwagaj-in, enhwagashort, kitamancha. Enorto metekorcho, kolokakimono, manda-kama. Atakama ¡la p-una!
Wardakama mokososon-so, sho. U-nico bebot-é, tomosawa, nokomokinoto, nokomochan-cho. ¿Murakami, aka-so, mokoso? Noh. Kamakura. Kurasawa: apagayama. Mokososan-a, sanasana; mukama kitakorcho. Kawabata noh, kaganada. Mi shima seka-do.
¡Kalmachicha!
Notas de la traductora
Este muy breve manuscrito apareció accidentalmente dentro de la caja de un antiguo juego de copitas de sake comprado como recuerdo en un viaje al Japón. El hallazgo fue hecho ya de regreso, cuando por accidente la caja cayó al suelo, rompiéndose las copitas pero dejando aparecer tras su forro de brocato el tesoro de una leve hoja de papel de arroz. Resultó desconcertante y maravilloso comprobar así de qué manera cada cosa vuelve a su lugar de origen y se impuso la reflexión sobre la rueda budista del eterno retorno, en gran medida para no lamentar la pérdida de las bellas copitas de porcelana que habrían contenido el delicado vino también de arroz llamado sake. Quien esto aclara (sobria) pasó a concentrarse en el trabajo de decodificación de dicho manuscrito, trabajo arduo por cierto a causa del lógico conocimiento del anónimo autor en lo referente a la lengua de su propio país, contrapuesto a su poco conocimiento del idioma castellano, y para colmo porteño, en el que intentó expresarse. El uso de patronímicos propios de su cultura para formular ideas en castellano resulta por cierto ingenioso, aunque no siempre ubicable para nosotros, humildes hispanohablantes.
Así, los nombres de escritores tales como Kawabata, Tanizaki, Mishima o Murakami han sido empleados fonéticamente para expresar muy diversos conceptos. Simple resultó descifrarlos. Mas complicado fue ubicar ciertos nombres geográficos, tales como Kamakura, ciudad de templos cercana a Tokio, o Ise Shima, pequeña ciudad al borde del mar del Japón.
Destacable también es el uso no tradicional de modalidades y expresiones o palabras propias del japonés que el lector avisado sabrá detectar.
La traslación que aparece en el original de los kangis japoneses a nuestro alfabeto exige, como suele suceder en estos casos, una lectura por momentos inglesa, gracias a la cual la letra jota debe pronunciarse como nuestra i griega (ej. jin: yin) y la ocasional h como jota (enhwaga, es decir “enjuaga”)

Traducción directa del argenjap
El brillante autor japonés anónimo relata lo ocurrido cuando, al llegar a la capital de la República Argentina siendo un niño pequeño e inexperto, se atiborró por demás con los muy locales sándwiches de chorizo regados de chimichurri, típica salsa picante criolla. En tiempo presente va narrando su ordalía:
Ante tamaña ingesta se le genera una desastrosa descompensación cual cataclismo de proporciones oceánicas. Y se le desencadena descomunal disentería. El niño se siente muy molesto por ello. Admite haberse ensuciado la ropa por culpa de la incontinencia.
Pero no hay motivo de preocupación: en la Casa Cuna la asistente de limpieza lo despoja de sus jeans y calzoncillos para sumergirlos en agua tibia obliterando así todo trazo de excrementos. A efectos de detener el avance de la disenteria le coloca al niño un tapón anal, lo arropa en una bata de anchas mangas y le ordena guardar cama. Para lograrlo amarra el niño al lecho. El niño impreca.
Por fin el niño acata, autocalificándose de poco inteligente tal como al principio del relato. Sólo le está permitido absorber infusiones y cantidades del líquido elemento, nada de ingerir comidas propias de su cultura: ni el conocido fruto cítrico pequeño y algo ácido, ni carne de cerdo. El protagonista formula entonces una pregunta retórica ¿Falleció en el lecho, el niño? La respuesta es negativa. El reposo impuesto lo va recomponiendo. Así como la absorción del líquido elemento que sofoca el ardor de sus vísceras. El pequeño japonés recupera la salud y se siente aliviado; la asistente retira el tapón anal. El niño no ensucia más con materia fecal su robe de chambre, se acabaron las incontrolables deposiciones. Su trasero está libre de licuadas deyecciones.
¡Reina la paz en su joven organismo!