In Memoriam

Junio 5, 2009

Se nos fue Javier Wimer y vamos a pedir, entre las inevitables lágrimas, una sonrisa para despedirlo. Tomaremos una copa, encenderemos una vela, cantaremos una canción, echaremos unos tacos españoles que son improperios o nos echaremos al buche unos deliciosos tacos de canasta, lo que fuere, lo que ustedes prefieran para honrar su memoria. Pero nunca para intentar descartarlo de nuestra propia memoria porque eso sería imposible.

Javier fue el más amigo de los amigos, el único verdadero amigo de sus amigas mujeres, el solidario que siempre estuvo dispuesto a darnos a todos una mano. Quizás las dos, porque era así de generoso. Lo confirman desde los cuatro puntos cardinales y en la Argentina lo subrayan en rojo. Si no lo creen pregúntenle a Domitila, la antigua empleada de la casa de los Wimer- Del Valle, en la Colonia ídem, quien amenazó salir con un cartel que rezara  “Argentinos go home”.

Como solía decir Javier, parafraseando a Borges, era amigo de políticos, pintores, músicos, escritores, poetas y gente aún peor. Las necrológicas oficiales mentarán sus logros, los altos cargos que ocupó, las estupendas publicaciones que dirigió y editó. Nosotros recordaremos para siempre al hombre brillante, tan lleno de ternura detrás de sus punzantes ironías y su ácido sentido del humor. Lo tendremos siempre en nuestro corazón y en la punta de la lengua porque no dejaremos de recordarlo de viva voz. Por eso mismo, para despedirlo con una sonrisa, acá va un viejo cuento suyo recientemente rescatado. Las mujeres de su tribu real y la adoptiva lo llamábamos el Amo y Señor. Era un ogro como Josafat, siempre enternecedor e inolvidable.


JOSAFAT por Javier Wimer

Mayo 26, 2009

OGRO

La raza de los ogros estaba en plena decadencia.  Eran cada vez menos los que permanecían fieles a sus votos de ferocidad y soltería  y continuó el flujo de los desertores que abandonaban sus castillos para entregarse a los más innobles placeres de la burguesía.  Los nuevos tiempos no favorecían el cumplimiento de una regla demasiado severa y la corrupción hacía estragos incluso entre aquellos que permanecían en una ortodoxia bastante discutible.  A tales extremos de suspicacia y de inseguridad se había llegado, que un libelo anónimo y a todas luces calumnioso, sostuvo que uno de los ogros más respetables y más devoto de las tradiciones estaba casado en secreto.

Son variadas y complejas las causas que habían degradado y llevado al borde de la extinción a esta raza antiguamente noble y vigorosa, pero la principal fue una hechicería casi homérica que permitía a las mujeres transfigurarse en animales para conseguir sus infames propósitos.  En conocimiento de la tradicional debilidad de los ogros por toda suerte de representantes de la fauna común y de la fantástica, las mujeres penetraban en los castillos convertidas en graciosos venados, en sumisos jabalíes o en zalameros dragones.  De esta manera ganaban la simpatía, la confianza y la intimidad del ogro, hasta que reblandecida su voluntad y nublada y destruida su fuerza moral, recuperaban su forma primitiva y lo arrastraban a los peores excesos de la vida familiar.

La reacción de los ogros fue tardía y de una asombrosa debilidad, como si obedecieran a una inconsciente vocación de suicidio colectivo.  Los más escépticos no creyeron estas historias y cayeron víctimas de su realismo, otros, más dados a la especulación, sostuvieron la tesis de que sólo había unas pocas especies amenazantes de mujeres y, después de un congreso tormentoso en que se impusieron los intereses personales a los de la razón y a los del buen sentido, se aprobó una lista mínima que en vez de combatir el mal lo hacía más peligrosos.  Sólo escaparon los más ascéticos, los más puros, aquellos que aún desafiaban la represión y salían en las noches a devorar niños y a violar doncellas.

Pero ni aun ellos estaban a salvo, pues llevados por su ancestral pasión zoológica permitieron la entrada a animales aparentemente inofensivos.  Las metamorfosis no tenían límites y tampoco las seducciones.  Un ogro ejemplar fue víctima de un mamut, otro de una mosca, otro más del águila bicéfala de los Romanoff que se introdujo con aspecto de elemento puramente heráldico.

En la época a la que me refiero, los ogros ya formaban un clan lamentable, una minoría menos perseguida que desprestigiada.  Vivían en el temor de si mismos y en la obsesiva persecución de toda clase de especies animales.  Fueron sacrificados los mastines de las puertas, arañas y telarañas que son lujo obligado en las mansiones más modestas, y eliminadas de sus dietas  las ostras sin congelar.  Cuando bajaban al pueblo para emborracharse y fanfarronear se veían a los ojos con mutua desconfianza, como tratando de averiguar el signo de la enfermedad mortal.  Mientras sus enormes bocas imitaban ritualmente la risa de sus antepasados, sus corazones permanecían apretados  por el miedo.

Josafat era joven, recto y prudente.  Una verdadera esperanza de su raza, la esperanza que distraía la amargura de los mayores.  Pero seguro de su fortaleza cansado de la soledad y de no tener tentaciones, fue aflojando en su lucha contra los animales más pequeños.  Un día permitió que se instalara en su castillo una colonia de hormigas y, poco después, asistió sin inmutarse al nervioso paso de un ratoncillo gris.  Pensó, distraído, que un ratoncillo gris no podría desviarlo de sus votos de ferocidad y de soltería.  Esa fue su última oportunidad de salvación, la última burbuja de autodefensa que rebotó en su conciencia.

La caída de Josafat aniquiló toda esperanza.  Una ominosa fiebre matrimonial se apoderó de los restantes miembros de la comunidad, con excepción de dos o tres de los más viejos que enloquecieron y fueron recluidos en el manicomio zoológico de la ciudad.  Hoy pasean melancólicamente por sus jaulas mientras sueñan, tal vez, con un infinito tapiz desmesurado en que se confunden blancas formas femeninas con todos los animales de la creación.

El Josafat de hoy prende la lámpara de mesa, se levanta con cuidado y se acerca a la ventana.  Piensa en el pasado y en el futuro.  Junto al hueco que dejó su cuerpo, una mujer respira con suavidad.  Tiene la frente despejada, mínimas gotas de sudor permanecen en el fondo de sus poros y un principio de sonrisa que le otorga una expresión irónica de roedor, de venado o de águila.


Mayo 26, 2009

ENCUENTROS EN CUENTOS

Carta de intención

Abril 16, 2009

Me metí en esta aventura del blog, yo, la tan desenchufada, para obligarme a escribir esos pequeños cuentos cotidianos o casi que se me van presentando con el correr de las páginas de la vida. Porque los eventos más comunes a veces se concatenan de manera tal que configuran una narrativa que quizá, con mucha suerte, nos puede llevar a un breve atisbo de comprensión más allá de lo obvio.  A estas cadenas de sucesos a veces llamativa o sorprendente –no olvidar las sincronicidades de Jung y toda esa parafernalia– suelo ponerles un título, a la espera de decidirme a escribirlos para tratar de descubrir qué se esconde tras las capas visibles. Y después todo queda ahí, en el tintero de la mente, y se va diluyendo con el tiempo o se convierte en una anécdota más, premoldeada, congelada, hecha piedra con a veces alegres e iridiscentes trocitos de mica o con chorreaduras internas de algún ominoso mineral desconocido. esto me recuerda mi fascinación, de chica, con los objetos que al ser colocados bajo Puente del Inca quedaban petrificados. Escarpines de bebés, por ejemplo. Ahora no, ahora lo petrificado me da grima. En fin. Que esta es la propuesta que me hago: luchar contra el monstruo tan propio y hambriento que se come en el camino aquello que aspira a ser escrito. Se trata de un monstruo personal que me temo muchos escritores/as conocemos demasiado bien y que suele ganar la partida, venciendo a la mariposa demasiado efímera que cuando abre sus alas nos despierta las ganas y hasta la necesidad de escribir.

Ya veremos que el tema mariposas se me repite en estos tiempos. Hoy me llegaron las mariposas transparentes. Tienen algo de aguacil y mucho de misterio. Son así, más o menos, las que quiero cazar al vuelo y por eso la idea de un blog se impone: algo que se posa casi sin mostrarse mariposa-transparentepero nos permite probar de vez en cuando el sabor de una gota de conocimiento.


Autobiografía de un hijo del Sol Naciente en la Reina del Plata

Abril 23, 2009

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I – Infancia

(fragmento)

Mokososon-so abusô choripani-chimichuri. ¡Maremoto! Kagamucho, muchomuchi. ¡Kê chinche! Me Ise enShima.

Kalma-kalma, nonalarma: en Kasakuna mukama kita jin i-kita short, enhwagaj-in, enhwagashort, kitamancha. Enorto metekorcho, kolokakimono, manda-kama. Atakama ¡la p-una!

Wardakama mokososon-so, sho. U-nico bebot-é, tomosawa, nokomokinoto, nokomochan-cho. ¿Murakami, aka-so, mokoso? Noh. Kamakura. Kurasawa: apagayama. Mokososan-a, sanasana; mukama kitakorcho. Kawabata noh, kaganada. Mi shima seka-do.img_51182

¡Kalmachicha!


Notas de la traductora

Este muy breve manuscrito apareció accidentalmente dentro de la caja de un antiguo juego de copitas de sake comprado como recuerdo en un viaje al Japón. El hallazgo fue hecho ya de regreso, cuando por accidente la caja cayó al suelo, rompiéndose las copitas pero dejando aparecer tras su forro de brocato el tesoro de una leve hoja de papel de arroz. Resultó desconcertante y maravilloso comprobar así de qué manera cada cosa vuelve a su lugar de origen y se impuso la reflexión sobre la rueda budista del eterno retorno, en gran medida para no lamentar la pérdida de las bellas copitas de porcelana que habrían contenido el delicado vino también de arroz llamado sake. Quien esto aclara (sobria) pasó a concentrarse en el trabajo de decodificación de dicho manuscrito, trabajo arduo por cierto a causa del lógico conocimiento del anónimo autor en lo referente a la lengua de su propio país, contrapuesto a su poco conocimiento del idioma castellano, y para colmo porteño, en el que intentó expresarse. El uso de patronímicos propios de su cultura para formular ideas en castellano resulta por cierto ingenioso, aunque no siempre ubicable para nosotros, humildes hispanohablantes.

Así, los nombres de escritores tales como Kawabata, Tanizaki, Mishima o Murakami han sido empleados fonéticamente para expresar muy diversos conceptos. Simple resultó descifrarlos. Mas complicado fue ubicar ciertos nombres geográficos, tales como Kamakura, ciudad de templos cercana a Tokio, o Ise Shima, pequeña ciudad al borde del mar del Japón.

Destacable también es el uso no tradicional de modalidades y expresiones o palabras propias del japonés que el lector avisado sabrá detectar.

La traslación que aparece en el original de los kangis japoneses a nuestro alfabeto exige, como suele suceder en estos casos, una lectura por momentos inglesa, gracias a la cual la letra jota debe pronunciarse como nuestra i griega (ej. jin: yin) y la ocasional h como jota (enhwaga, es decir “enjuaga”)

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Traducción directa del argenjap

El brillante autor japonés anónimo relata lo ocurrido cuando, al llegar a la capital de la República Argentina siendo un niño pequeño e inexperto, se atiborró por demás con los muy locales sándwiches de chorizo regados de chimichurri, típica salsa picante criolla. En tiempo presente va narrando su ordalía:

Ante tamaña ingesta se le genera una desastrosa descompensación cual cataclismo de proporciones oceánicas. Y se le desencadena descomunal disentería. El niño se siente muy molesto por ello. Admite haberse ensuciado la ropa por culpa de la incontinencia.

Pero no hay motivo de preocupación: en la Casa Cuna la asistente de limpieza lo despoja de sus jeans y calzoncillos para sumergirlos en agua tibia obliterando así todo trazo de excrementos. A efectos de detener el avance de la disenteria le coloca al niño un tapón anal, lo arropa en una bata de anchas mangas y le ordena guardar cama. Para lograrlo amarra el niño al lecho. El niño impreca.

Por fin el niño acata, autocalificándose de poco inteligente tal como al principio del relato. Sólo le está permitido absorber infusiones y cantidades del líquido elemento, nada de ingerir comidas propias de su cultura: ni el conocido fruto cítrico pequeño y algo ácido, ni carne de cerdo. El protagonista formula entonces una pregunta retórica ¿Falleció en el lecho, el niño? La respuesta es negativa. El reposo impuesto lo va recomponiendo. Así como la absorción del líquido elemento que sofoca el ardor de sus vísceras. El pequeño japonés recupera la salud y se siente aliviado; la asistente retira el tapón anal. El niño no ensucia más con materia fecal su robe de chambre, se acabaron las incontrolables deposiciones. Su trasero está libre de licuadas deyecciones.

¡Reina la paz en su joven organismo!


La lógica de las correcciones

Abril 22, 2009

Escudo de País Vasco

Dado que los libros castellanos suelen tener una fe de erratas,

no es dable asombrarse de que muchos libros vascos tengan su fe de etarras.


LA SOMBRA DE FRANZ

Abril 22, 2009

Dos domingos atrás tomé un taxi para ir al Sanatorio Güemes. El tachero no manejaba, hacía slalom. Con mi voz más amable le susurré que su estilo me estaba mareando, él me contestó que a su mujer le llevó dos años acostumbrarse. Yo no tenía ese tiempo, pero la marcha se volvió recta y pudimos charlar tranquilos. De matrimonios, el tema que le interesaba. Y de lo mucho que la gente cambia con los años, Por ejemplo a mí, me dijo, un libro de Kakfa me dio vuelta la cabeza, me atrapó totalmente, por eso cuando mi hijo cumplió 18 le regalé el mismo libro, pero nada. No le impresionó ni medio, así que yo lo releí para volver a emocionarme pero ya no, más bien me pareció deprimente.
Y qué libro era, le pregunté yo.
La metamorfosis, me dijo el tachero.
Y bueno, qué quiere, le dije, Gregorio Samsa, la cucaracha, todo eso. Pero al fin y al cabo el valor de un buen libro es que cambia con nosotros, la metáfora que leemos es siempre otra.
Y me bajé.
Y en al fondo del espléndido lobby del Güemes que más que sanatorio parece de hotel cinco estrellas había unas colas largas esperando los ascensores, que llegaban repletos a la planta baja desde las entrañas del edificio. Me impacienté y opté por subir un par de pisos a pie, alguien bajaría entonces y yo tendría lugar para subir. Lo que no tuve, a lo largo de cinco interminables pisos con sus ciegos entrepisos, fue posibilidad de salir del hueco blanco y aséptico de la escalera, porque las puertas daban a accesos vedados.

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Hasta que me encontré ante un cartel que decía Cuidados Intensivos, habitaciones xx, y me encontré ante dos hileras de gentes que no esperaban ascensores, no, esperaban diagnósticos tremendos de sus seres queridos y sufrían y hasta algunos lloraban desconsoladamente. La cosa ya iba cobrando color cucaracha y el ascensor no llegaba nunca.

Tardó siglos antes de abrir sus puertas. Pude colarme y apretar el botón del piso 11, y allí fuimos con paradas varias. Y cuando por fin llegué ante la pieza de mi amiga la puerta estaba abierta y un montón de jóvenes desconocidos rodeaba dos camas ocupadas, y pensé qué horror, le pusieron una compañera de pieza a mi amiga, y ya iba a entrar cuando comprendí el error y hube de subir un piso más, a pie, para llegar por fin a destino y poder contar mi muy kafkiana aventura.

Y convendría parar acá aunque la cosa siguió, porque esa misma noche fui a visitar a una actriz, y buscando el nombre del teatro dirigido por un amigo común, resultó, claro, ser Elkafka, y si yo pongo todo esto en una novela resulta inverosímil, y por eso lo cuento así, de forma tan banal, porque no encuentro otra o quizá porque tengo miedo de descubrir la cambiante metáfora o mensaje subyacente o lo que fuere.


El día que encontré a Dios me topé con un problema

Abril 17, 2009

3 de marzo, a punto de desencadenarse una feroz tormenta necesité salir a recargar baterías. Fuerza para dar toda la vuelta al lago de Palermo no tenía, sólo para llegarme una vez en el bosque hasta cierto círculo de araucarias gigantes que suele ser mi centro de energía. Pero el lugar siempre tan recoleto estaba invadido. Me vuelvo, pensé, estoy agotada, se largará a llover en unos minutos. Pero seguí adelante porque un poco más allá una araucaria enorme, solitaria y de tronco rubio, pareció convocarme. Me acerqué para descubrir que tenía grabada bien profundo la palabra DIOS. Qué bueno, me dije, por fin Lo encontré. Me abracé entonces al árbol con ganas. Y ya estaba decidida a volver pero no pude, en el lago a unos cincuenta metros nadaban con su infinita gracia un par de cisnes de cuello negro que me desviaron de la diritta via. Recién aterrizados de vaya una a saber dónde, esos cisnes entre el montonal de gansos del elenco estable. ¿Doy la vuelta al lago para ver si hay otros? No. Sí. No, camino al azar. Y ahí estaba entre unos matorrales, como esperándome, un ovillo de pelos color naranja, animalito dispuesto a morir. Lo tomé en brazos, era una perrita enferma, hinchada en el peor lugar. No podía cargarla hasta mi casa. Ahí sí hubiera querido ese celular que me niego a tener. Después de reflexionar –y se venía no más la tormenta– caminé con la perra en brazos las dos cuadras hasta la avenida Alcorta rogando por un taxi. Y al ratito no más el taxi apareció, y se detuvo en la vereda de enfrente, como a la espera algo, y cuando por fin se cortó el río de autos le hice señas y me dio a entender que sí, que cruzara no más, que me llevaba.

Y es así como llegó Tutti Frutti a casa. Una especie de terrier pequeña, dorada, de cola retorcida y ojos brillantes que me recuerda a los Teddy Bears flacos de patitas largas de mi primera infancia, las únicas “muñecas” con las que supe jugar. Por eso mismo parece que llegó para quedarse, a pesar de que debo cuidar a mis otras dos perras del contagio porque tiene millones de problemas de salud, recibe quimio una vez por semana, necesitó ser operada y castrada, y todos los desastres imaginables aunque se está reponiendo que es un gusto. Pero claro, de qué me quejo: encontrar a Dios tiene su precio.


Abril 17, 2009

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El poder de los nombres

Abril 17, 2009

De regreso de Italia donde anduve desplegando mi mejor spagnulo descubro que un museo que visité en Siena está sito en el Palazzo Squarcialupi. Me encanta el apellido que intuyo debe significar destripalobos. Ideal para Tutti Frutti, la perrita enferma encontrada en el parque justo antes del viaje, tan dulce y adorable. Tutti Frutti Squarcialupi, suena regio. Le había puesto el primer nombre porque les estaba diciendo tutti frutti a todas mis mascotas, como término cariñoso, y ella lo merecía. Pero despertó al nuevo apellido, y se convirtió en un cuzquito ladrador y prepotente. Ustedes me dirán que la quimio ya está haciendo efecto, y sí, pero el Squarcialupi la signó al punto de enfrentar unos fuegos artificiales, que explotaban en un jardín vecino, a los saltos y ladridos como queriendo morderlos. Y al juntarse con mis dos perras grandes las provoca en squarcialupino desborde. Cuando quiero que deje de chumbarle a todo lo que le parece amenazador le trato de cambiar el apellido. La llamo Mimossini. No es lo mismo.


Carta de Intención

Abril 16, 2009

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Abril 16, 2009

Me metí en esta aventura del blog, yo, la tan desenchufada, para obligarme a escribir esos pequeños cuentos cotidianos o casi que se me van presentando con el correr de las páginas de la vida. Porque los eventos más comunes a veces se concatenan de manera tal que configuran una narrativa que quizá, con mucha suerte, nos puede llevar a un breve atisbo de comprensión más allá de lo obvio.  A estas cadenas de sucesos a veces llamativa o sorprendente –no olvidar las sincronicidades de Jung y toda esa parafernalia– suelo ponerles un título, a la espera de decidirme a escribirlos para tratar de descubrir qué se esconde tras las capas visibles. Y después todo queda ahí, en el tintero de la mente, y se va diluyendo con el tiempo o se convierte en una anécdota más, premoldeada, congelada, hecha piedra con a veces alegres e iridiscentes trocitos de mica o con chorreaduras internas de algún ominoso mineral desconocido. esto me recuerda mi fascinación, de chica, con los objetos que al ser colocados bajo Puente del Inca quedaban petrificados. Escarpines de bebés, por ejemplo. Ahora no, ahora lo petrificado me da grima. En fin. Que esta es la propuesta que me hago: luchar contra el monstruo tan propio y hambriento que se come en el camino aquello que aspira a ser escrito. Se trata de un monstruo personal que me temo muchos escritores/as conocemos demasiado bien y que suele ganar la partida, venciendo a la mariposa demasiado efímera que cuando abre sus alas nos despierta las ganas y hasta la necesidad de escribir.

Ya veremos que el tema mariposas se me repite en estos tiempos. Hoy me llegaron las mariposas transparentes. Tienen algo de aguacil y mucho de misterio. Son así, más o menos, las que quiero cazar al vuelo y por eso la idea de un blog se impone: algo que se posa casi sin mostrarse pero nos permite libar de vez en cuando de una gota de conocimiento.